El nuevo reto del Banco de Alimentos: trabajar a contrarreloj porque hay que gestionar más comida en menos tiempo (El Correo, 18 de abril de 2026)

EL CORREO acompaña a un voluntario en una ruta marcada por la nueva ley, que multiplica la llegada de comida y obliga a repartirla en cuestión de horas

Ver detalle del artículo en El Correo: https://www.elcorreo.com/bizkaia/contrarreloj-furgoneta-banco-alimentos-desperdicio-20260417211711-nt.html

Antes de las ocho de la mañana, en el polígono de Basauri donde el Banco de Alimentos de Bizkaia tiene su almacén, ya había movimiento. Furgonetas que entraban y salían, cajas que se apilaban, voluntarios que se cruzaban con prisa. «Ahora trabajamos a contrarreloj», resumía uno de ellos. La nueva ley contra el desperdicio alimentario ha alterado el ritmo de una organización que llevaba tres décadas funcionando y que se enfrentaba a un reto nuevo: gestionar más comida… en menos tiempo.

EL CORREO acompañó ayer a uno de sus conductores durante una mañana de recogida. Fernando Heppe, 70 años, jubilado y vecino de Ugao, se subía a la furgoneta como cada mañana. «Empecé hace cuatro años cubriendo la baja de un amigo y me quedé», contaba mientras arrancaba. Antes regentó un bar y trabajó en DHL de administrativo. Ahora dedicaba tres mañanas a la semana a recorrer supermercados recogiendo alimentos que, de otro modo, acabarían en la basura.

La ruta de Bilbao pasó por San Mamés, Deusto, Moyua y Rekalde. En cada parada, la mecánica era rápida, los supermercados tenían ya los productos preparados y en apenas quince o veinte minutos la furgoneta volvía a estar en marcha. «Ahora lo que más nos dan es carne y comida cocinada», comentaba Fernando.

Ese es el gran giro que ha traído la Ley 1/2025 contra el desperdicio alimentario. La obligación de donar excedentes para evitar sanciones —que pueden alcanzar los 500.000 euros— ha disparado la llegada de alimentos, pero también ha complicado su gestión. «La comida cocinada te la dan para el mismo día. Hay que ir lo antes posible para repartirla», explicaba el voluntario.

Mientras conducía, habla de sus compañeros, de un grupo de WhatsApp en el que se organizan, celebran cumpleaños o quedan los viernes para tomar algo. «Somos como una cuadrilla», dijo. En el Banco de Alimentos nadie cobra, ni siquiera el presidente. Todo funciona gracias a una red de más de 170 voluntarios, en su mayoría jubilados, con una media de edad cercana a los 70 años. Pero esa estructura empieza a quedarse corta. «Hay más trabajo que antes», insistía Fernando. «Ahora mismo no damos abasto. No estamos recogiendo en colegios u hoteles, por ejemplo». El motivo es simple: faltaban manos. Y ruedas. «Van a tener que comprar otra furgoneta», añadía. Tienen cho furgonetas y dos de ellas ya no pueden entrar en Bilbao por las restricciones medioambientales.

Pasadas las 11.30, de vuelta en el almacén, la actividad no se detuvo. El espacio se divide en dos pabellones de unos 700 metros cuadrados. En uno se almacenan productos no perecederos, organizados en función de las necesidades de cada entidad. En el otro, el de «último minuto», todo ocurre más rápido. Es allí donde llegan los alimentos con caducidad inmediata y donde se clasifican para salir al instante.

Más de 300 kilos de comida cocinada

Ramón, otro voluntario, lo explicaba mientras revisaba cajas: «Priorizamos lo que caduca hoy o mañana. Siempre avisamos». Sobre una mesa se acumulaban bandejas de comida preparada. «Ahora lo que más estamos recibiendo es pan, bastantes dulces y, sobre todo, comida cocinada. Este miércoles, por ejemplo, habían llegado más de 300 kilos. Hay veces que no somos capaces ni de repartir lo que tenemos», apuntaba. Una cifra impensable hacía solo unos meses.

Para equilibrar los productos, los bancos de alimentos también se coordinaban entre sí. Intercambian mercancía en función de lo que tenga cada territorio. «Desde Álava nos envin muchísimas patatas, otros congelados o fruta. Así conseguímos que haya variedad y que no se acumule siempre lo mismo», explicaban.

El aumento de volumen es evidente. «Es más trabajo, pero es bueno. El objetivo es doble, que no se tire comida y que la gente la reciba». Aun así, no todo es sencillo. Uno de los retos era evitar pasos intermedios innecesarios. «Ya hemos hecho pruebas con comedores y escuelas, pero es complicado. Intentamos que la comida vaya directamente del colegio a la asociación, sin pasar por aquí. Si no, es una pérdida para todos». «Lo ideal sería que las asociaciones tuvieran furgonetas con frío, pero es difícil», explicaba el presidente, Luis Crovetto. «La trazabilidad es fundamental. Si algo llega en mal estado, la responsabilidad es nuestra». Mantener esa cadena intacta es, entonces, uno de los principales desafíos.

Una monja desde Hernani

Entre quienes acudían a recoger alimentos estaba sor Dolores, que conducía su propia furgoneta desde Hernani. «Damos 210 desayunos y también comida para familias», explicaba. Va dos veces por semana, los martes y los viernes y es la única hermana que conduce, así que asume esa tarea, mientras sus compañeras la esperan para descargar.

La jornada terminó cerca del mediodía. Fueron poco más de tres horas de ruta, varios supermercados y decenas de cajas. En total, el Banco de Alimentos recorre más de 200.000 kilómetros al año con sus ocho furgonetas. Detrás de cada trayecto hay una red invisible que sostiene el sistema. La nueva ley ha puesto a prueba ese engranaje multiplicando las oportunidades —más comida, más variedad— pero también las exigencias. Ahora, cada recogida es una carrera contra el reloj. Y cada voluntario, una pieza imprescindible.

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